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miércoles, 17 de octubre de 2012

Tamborada de Moratalla



Moratalla es una localidad ubicada al noroeste de la región de Murcia. Su nombre, se cuenta que proviene de la época romana, del topónimo Murata tallea,  o "la que está amurallada con palos". 

Tejados de Moratalla

Uno de los festejos más característicos de esta villa, son las tamboradas de Semana Santa. 


Tamborada (Moratalla) 


 Desde primera hora de la mañana hasta el anochecer, los moratalleros exhiben con orgullo el sonido de sus tambores. Cientos de tamboristas avanzan por sus calles, hasta llegar al centro del pueblo concentrándose en la plaza de Tamallo. 


Aunque el origen de esta celebración no está del todo claro, se habla que puede tener relación con el terremoto producido tras la muerte de Jesucristo, o de los sonidos que este escuchaba en la cruz. 

Algo muy característico de estos nazarenos, es sus extravagantes túnicas de colores hechas a mano. Al igual que los capirotes que tapan la cara. 

Una mezcolanza de color y sonido que embarga cada uno de los callejones del pueblo. 

Aquí os dejo unas imágenes del festejo.


Tamborada Moratalla 2012

Tamborrada de color

Tamborada junior

Tamborada Moratalla 2012

Tamborada Moratalla

Tamborada, Moratalla

Tamborada / Tamborrada Moratalla

Tamborada, Moratalla

Chicas guapas de Moratalla

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Oporto, La Capital del Norte

La ciudad de Oporto o Porto (en portugués), o puerto (que sería su traducción literal), se ubica en el norte de Portugal, en la desembocadura del río Duero.


Es la segunda ciudad más importante del país después de su capital, Lisboa. Aunque históricamente, ambas ciudades mantienen una confrontación por ostentar ese título. No en balde, Oporto es denominada por muchos como la “Capital del Norte”.


Como tantas otras ciudades europeas, Oporto se ha ido componiendo de una mezcolanza de tradición heredada, y modernidad impuesta al paso de los años. Ofreciendo al visitante, una amplia gama de alternativas tanto culturales como de ocio.


En la zona moderna de la ciudad, descubrimos avenidas como la de Boavista, que se deja recorrer hasta donde la ciudad se une al Atlántico, la Fundación Serralves (el Museo de Arte Moderno más visitado de Portugal), el metro más largo de Portugal, lujosos y llamativos centros comerciales, playas, la Casa de la Música, el Estadio do Dragao, zonas de ocio nocturno y residenciales del barrio de Foz, o elegantes restaurantes en la cuenca del río.



Pero será en su casco antiguo (declarado Patrimonio de la Humanidad), en el que mejor palparemos su añejada historia.

Al sumergirnos en sus tripas, encaramos una ciudad oscura, forjada de antiguos edificios de piedra, ornamentados con los mejores azulejos portugueses de tradicionales tonos azules y blancos.



Un tráfico denso, al que le cuesta avanzar entre sus empinadas, adoquinadas y estrechas calles, que por momentos, se achican al punto de impedir el paso de la luz.



Dicen además, que se respira cierto aire británico, reminiscencia de los comerciantes ingleses que se asentaron en el pasado.


A medida que recorremos el corazón de la ciudad, vamos topándonos con sus riquezas. La iglesia y Torre de los Clérigos, la Catedral de estilo románico (con añadidos góticos y barrocos), su claustro, el Palacio de la Bolsa, la Plaza de la Ribeira, Capilla de las Almas, las murallas, la estación de tren de Sao Bento, el Mercado de Bolhao, la Casa del Infante o la Librería Lello . Son entre otros, algunos de los lugares que podremos visitar.




Continuamos por la Avenida do Aliados, donde se ubica el Ayuntamiento y que ofrece cierto respiro al viandante, por ser una de las pocas calles con amplitud.


En descenso continuo, llegamos hasta la Ribeira.

La Ribeira comienza con el majestuoso Ponte Luiz I, que cruza el Duero conectando Oporto con Vila Nova de Gaia. Creación de un discípulo de Eiffel se ha convertido en uno de los iconos de la ciudad.



Estamos en la “orilla norte”. A nuestra espalda, viviendas de coloridas fachadas, entresijo de callejones y una consecución de acogedores restaurantes y terrazas. Enfrente, vista del Duero, de barcazas de carga, rabelos y las famosas bodegas de Vila Nova.



Antiguamente, a esta misma localización llegaban los barcos de mercancías desde los viñedos del este del país, descargando su contenido en las mismas bodegas donde se dejaba envejecer el mosto.


La historia de Oporto, está unida al río Duero y al vino. Es en el siglo XVII cuando los comerciantes ingleses en guerra con Francia, cambian el vino de Burdeos por el portugués. Pero en las largas travesías por el Atlántico hasta el canal de la Mancha, el vino se estropeaba con facilidad. Para solventar ese problema deciden añadirle brandy, naciendo así el Vinho do Porto. Un vino de sabor dulce, aromático y de alta graduación.

Desde nuestra privilegiada posición, disfrutamos ahora del “hierro” herencia de Eiffel; del olor a comida recién preparada con variedades de pescados a la brasa, tripas, caldos verdes y bacalhau; de los edificios de piedra mohosa que nos rodean, ataviados con la colada diaria puesta a secar y coloristas fachadas ya desaturadas por el paso del tiempo y la humedad; de bodegas, barricas de roble y rabelos; y del susurro del río, que se mezcla con el bullicio de personas que van y vienen, comunicándose en múltiples idiomas.




Por un breve espacio de tiempo, nos podemos imaginar la vida en la ciudad en una época pasada.

Vuelta a la realidad, y siguiendo el recorrido del río con la vista, nos percatamos que el Ponte Luiz I no es el único de la ciudad.
Oporto es la ciudad de los puentes. Encontraremos al paso de Duero, El Ponte das Barcas, Ponte María Pía, Ponte Pênsil, Puente ferroviario Sao Joao, Ponte do Infante, Ponte da Arrábida o el Ponte do Freixo.


La mejor forma de verlos, es subiéndonos a uno de los barcos que hacen la travesía por el río desde la misma Ribiera.


Cruzar a la orilla sur por Luiz I, nos permitirá admirar una bella panorámica de la ciudad elevándose sobre el margen del río. Tenemos aquí una cita obligada con sus bodegas. 



El número de bodegas es enorme, aunque las más visitadas suelen ser las de Calem, Sandermam o Ferreira. En cualquiera de ellas (por lo que una visita será suficiente) te explicarán la elaboración de sus vinos mientras visitas parte de la bodega, para culminar con una degustación del producto.


Aprovechando nuestra ubicación, tenemos la posibilidad de cenar en cualquiera de los restaurantes adjuntos a las bodegas de la orilla sur. Nos relajaremos observando a través de sus ventanales, el tránsito de las embarcaciones sobre “el dorado” mientras se pone el sol.



La Ribeira se irá llenando de gente que ocupa bares y terrazas de copas, la noche toma el relevo. Culminaremos el día en la zona de discotecas de Foz, donde la vida nocturna continuará hasta altas horas de la madrugada.


En nuestra visita, hemos vivido la riqueza histórica y cultural de la ciudad. Una riqueza lograda a lo largo de los años a base del comercio. Hemos paseado por sus melancólicas calles empedradas, disfrutado de su noche y degustado su gastronomía. Hemos conocido una ciudad y unas gentes, que se han fusionado con el río Duero en un abrazo de enamorados.

No es raro después de todo, que Portugal deba el origen de su nombre a la ciudad de Porto. No es de extrañar entonces, que Oporto sea denominada por algunos, como la Capital del Norte.







lunes, 10 de septiembre de 2012

Viviendo Marrakech


El nombre de la ciudad de Marrakech, proviene del bereber tamurt n Akkuc, o Tierra de Dios. Es una de las ciudades más importantes de Marruecos junto a Rabat, Meknes y Fez.

Lo primero que llama la atención del visitante es la mezcla de contrastes entre los verdes de sus vegetación, el azul de su cielo y el predominante rojo del entorno. No le falta motivo, para ser apodada la Medina Al-Ham’ra (o La Ciudad Roja).



Podemos separar la ciudad en dos grandes ambientes. Una zona moderna (denominada ville nouvelle), con lujosos hoteles, centros comerciales y areas residenciales que desde hace años se han ido nutriendo de extranjeros (expat). Y la zona antigua de la ciudad o Medina.

Por obvio, el encanto de Marrakech reside en su Medina. Solo bordear sus murallas a pie, te prepara para degustar lo que posteriormente descubrirás tras ellas.



Las murallas de la Medina es uno de los monumentos más característicos de la ciudad. Miden alrededor de 17 kms, pueden alcanzar los 10 metros de altura y un espesor de 2 metros. Su función es clara, defender a la ciudad de los ataques externos en el pasado.



Pero es cruzando sus muros, cuando los sentidos se disparan.

Retrocedemos en el tiempo varios siglos, y nos encontramos un mundo medieval. Con una mezcla de olores que nos es imposible deducir. Un combinado de esencias, agitado compuesto de especias, pieles, alimentos dorados al sol, madera tallada,  té, pescados, frutas, sudor y polvo que inunda nuestras fosas nasales, hasta llegar a marear.



Los ojos se llenan de color, avivados por la luz del sol. El rojo pondera en nuestra retina, aunque se mezcla con otras tonalidades. Llamativas alfombras penden en las paredes de las viviendas, alimentos que cubren toda gama cromática, verdes palmerales, ropajes típicos y miles de cachivaches que esperan colgados a un comprador generoso, le dan un bello contraste a la Ciudad Roja.



Un tumulto de gente de distintas edades se mueve de un lado a otro a nuestro alrededor, vehículos que colapsan las calles, motocicletas (más “cicletas” que motos) que nos bordean a milímetros, y taxis que haciendo slalom discurren entre personas, carros de caballos, bicis y demás vehículos. Todo ello embebido en una sinfonía de sonidos de claxon constantes y un bullicioso ruido de voces incomprensibles.



Comienzo del Viaje


A primera hora de la mañana recorremos la ville nouvelle y en breve ponemos rumbo a la Media. Lo primero que nos vamos a encontrar será la torre de la koutoubia. Nos cuentan en ese momento, que es gemela a la Giralda de Sevilla.



Por su belleza (y como excepción), se ha permitido el mantenerla dentro de la Medina. Donde inicialmente, ninguna construcción debe superar la altura de una palmera.




Es aquí donde nos encontramos con los primeros vendedores ambulantes. Que serán también, parte de nuestro paisaje dentro de la ciudad.


En Marrakech, todo está en venta y al mismo tiempo, nada es gratuito. Hay que tener cierta paciencia y llevar estoicamente, el que intenten cobrarte por casi todo.

Visitada las inmediaciones de la torre, y realizado el primer aporte a la economía ambulante, accedimos hasta la Pla de Jamaa el Fna (declarada Patrimonio Oral de la Humanidad en el 2011).



Nos situamos en una majestuosa plaza, no regular y pavimentada (antiguamente era de tierra rojiza).

A medida que van avanzando las horas, la plaza se va llenando de vendedores y artistas. Puedes entonces fotografiarte con serpientes, músicos, hacerte tatuajes de henna, o realizar compras poco comunes, como dentaduras, gafas de quinta mano o pociones naturales varias.




Al norte de la plaza, nos movemos dirección a los zocos o suks. Pequeños bazares donde iremos investigando las distintas secciones que nos encontramos en el camino.


Desde vestidos, venta de especias y remedios caseros, pieles, alfombras, babuchas, madera, lana, joyas, lamparas, todo tipo de exóticos alimentos, y un largo etcétera de productos artesanales. Buen momento, para empezar a degustar dulces típicos (que en Marrakech son una institución) e ir practicando el arte de la negociación.



Es recomendable salir de las zonas más turísticas, para vivir el día a día de la ciudad y de sus gentes.




Perderse por su laberinto de calles, disfrutar de las edificaciones (minaretes, cúpulas, mezquitas y sus mercados), observar a los artesanos que tallan sus trabajos en minúsculos talleres, panaderos, tintoreros, carniceros y joyeros.




A medida que cede el sol, se enciende la ciudad. Es entrada la tarde cuando volvemos a Jamaa el Fna y descubrimos la verdadera magia de la Medina.



La plaza poco a poco se va llenando de puestos de comida y tenderetes. Tendremos tiempo para descansar un rato, sentados en uno de los cafés que rodean a la plaza, donde seguimos el creciente espectáculo desde un palco de lujo.




Mientras saboreamos té local, la gente no para de llegar desde cada uno de los rincones de la plaza. Se paran en corros alrededor de variopintos espectáculos. Músicos bereberes, bailarines, cuentacuentos, juegos de serpientes y malabaristas. Se ilumina la plaza.



El humo inunda el ambiente con olores a comida tradicional que se cocina y se sirve a pie de mostrador. El barullo va aumentando hasta ser ensordecedor.






Suenan las flautas, bailan las serpientes y un anciano narra historias ancestrales. Entretanto, la gente se sienta a cenar frente a varias cabezas de animal cortadas, y puestas de forma elegantemente ordenada sobre la mesa.



Nuestros sentidos alcanzarán su éxtasis al anochecer. Nuevamente, sensación de mareo…


Regreso

Días después, tomamos el vuelo de vuelta desde el internacional Marrakech Menara con rumbo a Bilbao. Hay que decir, que uno siente cierto “alivio”. Salir de sus murallas, nos lleva de nuevo al presente.




Marrakech es una ciudad densa, intensa, una experiencia sensorial que te afectará tanto positiva como negativamente. Me ha costado poder enamorarme de ella.

Saturado de sus entremezclados e intensos olores, sus sabores (excesivos por momentos), del calor que condensa el ambiente y se pega a la piel, de la estridencia de los sonidos, del regatear con negociantes incansables, de cuchillos sin afilar, de Reales Madriles y Barcelonas, cachimbas de cristales coloreados, de la tristeza onírica que respiran sus calles estancadas en el tiempo, de rojos y polvo.


Sensaciones que una vez en casa y lejos de sus murallas, tardarán varios días en desaparecer.


Hoy después de todo, sigo deseando volver … a marearme.





Marrakech te ofrece una infinidad de actividades, ya sean culturales o de ocio. Museos, palacios, jardines, restaurantes, espectáculos bereberes, visitas al Atlas, el barrio de los curtidores, de los judíos, fiestas nocturnas, faltaran días para poder disfrutar de todo.








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